Jueves
Santo: Misa Crismal
Is
61,1-3a.6a.8b-9 / Sal 88 / Ap 1,5-8 / Lc 4,16-21
Homilía del 22 de junio de 1995
“Nosotros
hemos conocido y hemos creído en el amor que Dios nos tiene. Dios es amor.” (1 Jn 4,16)
Qué bellas son estas palabra de Juan, el discípulo que Jesús
amaba, aquel que en la Última Cena reclino la cabeza sobre el pecho de Jesús!
Para comprender el corazón de Jesús, para intuir sus latidos de amor es
necesario ser un contemplativo, un testigo, uno que ha visto con los propios
ojos y tocado con las propias manos al Verbo de vida.
![]() |
Cardenal Pironio - Plaza San Pedro - Vaticano |
En nuestra oración de hoy por la santificación de los sacerdotes
hay un profundo silencio, una gran capacidad contemplativo, un sereno deseo de
escucha, de acogida, de alegre disponibilidad al amor. Hemos creído en
el amor que Dios nos tiene. De parte nuestra, pocas y simples
palabras: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo” (Jn
21,17).
El sacerdote, misterio de amor. Propongo tres
brevísimas reflexiones a la luz de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.
1- El sacerdote fruto, signo, trasparencia de un Dios
que es amor: Como el Padre me ha amado, así yo os he amado.
Permaneced en mi amor (Jn 15,9). Esta es la experiencia más profunda
del sacerdote que se siente privilegiadamente amado por Jesús, escogido,
consagrado, enviado. Como el Padre me ha enviado, así yo os envío (Jn
20,21). No sois vosotros los que me habéis elegido a mí, sino yo el que
os he elegido a vosotros para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto
permanezca (Jn 15,16).
Esta experiencia del amor de Cristo,
cotidianamente renovada, conserva la frescura y el ardor del sacerdote. Se
siente profunda y alegremente amigo de Dios para los hombres. Como
Abraham, el amigo de Dios. Como Moisés que hablaba con Dios cara a cara como un
hombre habla con su amigo. Como Juan, el discípulo que Jesús amaba. Vosotros
sois mis amigos… Ya no os llamo siervos…; yo os llamo amigos, porque todo lo
que he oído de mi Padre os lo he dado a conocer (Jn 15,14-15). Rezar
por la santificación de los sacerdotes es rezar para que aumente en nosotros la
intimidad con Cristo en la oración personal, en la celebración litúrgica, en la
alegre configuración con Cristo en la cruz pascual.
2- El sacerdote buen pastor y servidor. Yo
soy el buen pastor, alimento a mi grey y por ellos doy mi vida. En esto se ha
manifestado el amor que Dios nos tiene: Dios ha enviado a su Hijo para que
tengamos vida por medio de él (1 Jn 4,9). Cristo es el don del Padre para
la vida del mundo. Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida
por sus ovejas (Jn 10,11).
El sacerdote es el don de Cristo a su
Iglesia. Como Cristo -pastor, servidor, esposo- ofrece su vida por la salvación
del mundo. En el corazón de la espiritualidad del sacerdote se encuentra la
caridad pastoral, hecha de profundidad contemplativa, de serenidad de cruz
pascual, de generosa disponibilidad para el servicio. Los hombres deben
considerarnos simplemente como servidores de Cristo y administradores de los
misterios de Dios. Ahora bien, lo que se pide a un administrador es que sea
fiel (1 Co 4,1-2). Nosotros no somos más que servidores de
ustedes por amor de Jesús (1 Co 4,5).
A la luz de Cristo -Pastor, Servidor, Esposo- pensemos en los
sacerdotes y recemos por su santificación. Por medio del Espíritu Santo el
Señor aumente en nosotros la caridad pastoral, centro y plenitud de la
espiritualidad sacerdotal.
3- El sacerdote constructor de comunión. Elegido
entre los hombres para el servicio de la Iglesia y la salvación de los hombres,
el sacerdote es consagrado por el Espíritu Santo para construir la comunidad
eclesial: en comunión profunda con el Obispo, el presbiterio, los religiosos y
las religiosas, los fieles laicos.
Su vida y su ministerio están al servicio de
la comunidad eclesial, mediante la Palabra, la Eucaristía y la Caridad. Una vez
más, la urgencia de la caridad pastoral.
Centrado en el misterio Pascual, con
la alegría de la esperanza y la fecundidad de la cruz: Si el grano de
trigo que cae en tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto(Jn
12,24). La comunión exige una gran capacidad de donación, hecha con humildad de
servidor y alegría de amor fraterno: amémonos los unos a los otros,
porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.
El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor (1 Jn 4,7-8).
No
pretendemos imponer nuestro dominio sobre la fe de ustedes: lo que queremos es
aumentarles el gozo (2 Co 1,24).
Confiemos a María, en cuyo seno virginal el Espíritu Santo formó
el Santísimo Corazón de Jesús, nuestra oración por la santificación de los
sacerdotes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario