ESPECIAL JUEVES SANTO
CARDENAL PIRONIO: LA ALEGRÍA DE LA FIDELIDAD
Para disfrutar este Jueves Santo en que Cristo instituyó la
eucaristía y el sacerdocio un artículo que Pironio escribió para la Revista
Pastores 1994 (diócesis de Rafaela Santa Fe a cargo de Mons. Franzini)
REVISTA PASTORES. AÑO 1 – Nº 1 Diciembre 1994
"LA ALEGRIA DE LA FIDELIDAD"
Cardenal Eduardo F. Pironio – Roma
"Feliz
de Ti por haber creído"
(Lc
1,45)
"Felices
los que escuchan la Palabra de Dios y la practican"
(Lc
11,28).
1.
Con motivo de mis 50 años de sacerdocio
he hablado mucho del peso del amor de Dios ("pondus meum, amor meus")
y de la alegría de ser sacerdote.
He
sentido necesidad de gritarlo sobre todo a los jóvenes, a los sacerdotes
jóvenes o a los sacerdotes no tan jóvenes pero en dificultad.
Quiero
ahora explicar un poco más el sentido de mis palabras.
Pero
quiero hacerlo a modo de simples apuntes o reflexiones que nacen de una larga
experiencia sacerdotal. No pretenden ser una "teología de la
fidelidad" (de Dios, ante todo, y luego del sacerdote), sino que es un
modo sencillo de prolongar mi Magnificat sacerdotal.
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Eduardo Pironio en su Ordenación Sacerdotal (Basílica de Luján 1954) (Diario9deJulio) |
Desde mi ordenación he dedicado gran parte de mi ministerio a
los sacerdotes: a su formación inicial en el Seminario y a su formación
permanente en escritos, conferencias y cursos.
Recuerdo con gratitud y cariño mis años de profesor en Mercedes
y mi tiempo privilegiado de Rector en Villa Devoto. ¡Cuánta oración y silencio
compartido, cuánta cruz gustada, cuánta esperanza madurada!
El
Señor me concedió la gracia de trabajar con grandes sacerdotes (algunos de
ellos ya muertos) y de peregrinar con ellos por algunas Diócesis y seminarios
del país. Se trataba de una especie de cursos itinerantes de formación permanente
donde siempre me reservaban el tema de la espiritualidad sacerdotal.
En 1954 estaba yo en Roma cuando, a fines de mayo, canonizaron a
Pío X. Recuerdo que durante la larga procesión a pie, desde San Pedro a Santa
María la Mayor, acompañando el cuerpo del nuevo Santo, recé constantemente por
los sacerdotes y le prometí a San Pío X vivir mi sacerdocio amando muy
especialmente a los sacerdotes y trabajando por ellos y con ellos.
No sé si lo he cumplido bien, pero he intentado hacerlo y eso
constituye una de mis alegrías más hondas. Porque es como compartir la alegría
de mi propio sacerdocio, que es el sacerdocio de Jesús, Sumo y Eterno
Sacerdote.
Me siento sumamente feliz cuando el Señor me concede la gracia
-no tan frecuente en mi ministerio actual- de ordenar un sacerdote. Es un
momento central en la gozosa paternidad de un Obispo.
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Cardenal Pironio ordena sacerdote a legionario de Cristo (años setenta) |
2.
Pero quiero volver al tema propuesto: la alegría de la fidelidad. "Dios es
fiel" (cf. 2Tm 2,13).
Al terminar su primera carta a los Tesalonicenses,
el Apóstol Pablo los saluda augurándoles: "Que el Dios de la paz los
santifique plenamente, para que ustedes se conserven irreprochables en todo su
ser -espíritu, alma y cuerpo- hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. El
que los llama es fiel, y así lo hará" (1Ts 5,23-24).
Es
importante tener conciencia de la inquebrantable fidelidad de Dios en nuestra
vida sacerdotal. Dios es perpetuamente fiel. La esencia de Dios es la
fidelidad: "Yo soy el que soy", dice a Moisés (Ex 3,14), es decir:
"Yo soy el que siempre está contigo". Por eso Jesús se autodefine
"Yo soy" (Jn 8,28). Y es él el que nos elige, nos consagra y nos
envía: "No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí
a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea
duradero" (Jn 15,16).
Son
palabras que nos comprometen, pero al mismo tiempo nos dan serenidad y coraje.
Valdría la pena recordarlas en particulares momentos de dificultad o
desaliento. Y meditarlas desde el comienzo: "Como el Padre me amó, también
yo los he amado a ustedes" (Jn 15,9). "Como el Padre me envió a mí,
yo también los envío a ustedes" (Jn 20,21).
La vocación es fruto del amor; es importante conservar en la
vida la experiencia de este amor con que Jesús nos llama y se compromete.
¿Es
que fui yo quién elegí este camino? ¿O es Alguien que lo recorrió primero, me
"miró con amor" (Mc 10,21) y me invitó a seguirlo radicalmente
dejándolo todo y cargando cotidianamente su propia cruz que ahora se ha hecho
adorablemente también mía (cf. Lc 9,23-24)?
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Cardenal Pironio JMJ 1987 |
Hay veces (y ahora es lamentablemente frecuente) en que nos
puede entrar la duda: "¿Y si fui yo el que me equivoqué?", "¿Si
fui yo el que elegí un camino que no era para mí?"
Yo creo que es una falta de confianza en la inquebrantable
fidelidad de Dios o una falta de coraje en mantener nuestra palabra empeñada y
nuestro compromiso definitivamente contraído.
Me parece que es una manera fácil de olvidarnos de nuestra alianza
con Dios y con los hombres.
San
Pablo nos recuerda que "si somos infieles, él es fiel, porque no puede
renegar de sí mismo" (2Tm 2,13).
Esto
tiene que asegurar y confirmar nuestra fidelidad.
Yo no quiero acusar superficialmente a mis hermanos (sobre todo,
a sacerdotes jóvenes) que, por un motivo o por otro, han entrado en crisis
profundas y dolorosas (a veces la culpa la tenemos nosotros mismos porque los
hemos dejado lamentablemente solos). Sólo quiero ofrecerles mi amistad y mi
oración, y recordarles que Dios es irremediablemente fiel.
3. En
nuestra vida sacerdotal hay personas y cosas que ayudan a mantener viva la conciencia
de la fidelidad de Dios: la familia, los amigos, la comunidad eclesial.
En mi caso personal ha influido mucho mi familia, cristiana y
numerosa. Me hizo bien su sencillez y su amor al trabajo. Un clima de oración y
confianza en Dios que nos envolvía. Los amigos, particularmente los sacerdotes,
han sido un regalo de Dios en mi vida. Siempre he sentido necesidad de
sacerdotes amigos y he experimentado el amor de Dios en su presencia; su cercanía
espiritual ha sido para mí una exigencia de fidelidad. Es más lo que yo he
recibido de mis amigos que lo que haya podido darles yo.
Por
eso he hablado tanto de "la alegría
de la amistad". En definitiva, es una experiencia continuada del día
de nuestra ordenación: "Ya no los llamo servidores, porque el servidor
ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer
todo lo que oí de mi Padre" (Jn 15,15). Creo que es el don más grande en
nuestra vida sacerdotal: la cercanía espiritual de los amigos.
Pero,
para tenerlos, hay que ser
verdaderamente pobres y sencillos. Solo los pobres son capaces de abrirse,
con humildad y gratitud, al don de los amigos. Los que se creen algo, quedan irremediablemente
solos.
Otra
circunstancia que nos ayuda a percibir y gozar la fidelidad de Dios es la
propia comunidad eclesial a la que servimos. En ella se nos manifiesta y comunica
el amor de Dios que nos exige y reconforta. Pero esto supone en nosotros una serena
y constante voluntad de servicio: la edificación de una verdadera comunidad
eclesial exige una capacidad de donación total. Entonces nos sentimos libres y
felices.
¡Cómo
nos ayuda a ser fieles la gozosa respuesta de una comunidad eclesial que nos
siente sus "servidores" y constructores, y "presidentes" de
su comunión!
4. ¿Cómo hacer para experimentar la alegría de la fidelidad?
a-
Ante todo, la oración. Hace falta amar el desierto, la soledad, la
contemplación. La vida del sacerdote supone momentos y espacios de silencio
profundo, donde solo se perciba la Palabra de Dios y se experimente la acción
del Espíritu Santo. Una oración y un silencio compartido, algunas veces, con
otros sacerdotes. El sacerdote va descubriendo en la oración la alegría de ser
amigo de Dios para los hombres; al mismo tiempo va gustando la alegría de ser,
no solo hombre de oración, sino sobre todo "maestro de oración".
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Cardenal Pironio (revista Pastores) edición de este blog |
Particularmente
los jóvenes sienten la necesidad de acercarse al sacerdote para pedirle:
"enséñanos a orar" (Lc 11,1).
Yo no
creo que haya "fórmulas" para aprender o enseñar a orar. Hay
ciertamente métodos que pueden ayudarnos a entrar en los secretos de la
oración; pero en definitiva la oración supone la experiencia y cercanía del
padre y del amigo ("yo los llamo amigos", Jn 15,15). Cuando Jesús
intenta responder a la inquietud de sus discípulos les habla del "Padre"
y del "amigo": "Cuando oren, digan: Padre..." (Lc 11,2) y
luego añade: "Supongamos que alguno de ustedes tiene un amigo y recurre a
él a medianoche para decirle: "Amigo,... etc" (cf.Lc 11,5-6).
Lo
que más impresionaba a los discípulos era la actitud orante de Jesús. De hecho,
San Lucas comienza así el relato de la enseñanza del Padrenuestro y de las
exigencias de la oración: "Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar..."
(Lc 11,1).
Pienso
que todos los sacerdotes han tenido esta experiencia: "¿Padre, cómo hace
usted para orar?" o ¿cómo es su modo de orar?". Nos resulta difícil
(al menos para mí) transmitir "fórmulas" o "recetas".
Debiera ser más fácil vivir esta experiencia de los primeros discípulos de
Jesús: "Maestro, ¿dónde vives?". "Vengan y lo verán", les
dijo Jesús. "Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día (Jn
1,38-39).
b-
Una segunda actitud para experimentar la alegría de la fidelidad, es la
pobreza: porque el Señor se revela y comunica a los pobres. Pero a los pobres
de veras, como María ("mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi
Salvador, porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora", Lc1,47-48).Dios
hace maravillas en los pobres, en los humildes, en los sencillos. "Jesús
se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo y dijo: `Te alabo, Padre,
señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a
los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has
querido'" (Lc 10,21).
La
pobreza verdadera nos pone en total dependencia, apertura y abandono, con respecto
a Dios. Uno siente la alegría de no ser nada, de no poseer nada, de no saber
nada.
La
única sabiduría es la del pobre, la de la cruz, la del Espíritu Santo. Uno
siente entonces que Dios está dentro y lo va haciendo todo: cuando predica,
cuando celebra, cuando organiza.
Es
una pena que habiéndolo dejado todo por el Reino -casa, parientes y bienesno hayamos
logrado todavía ser verdaderamente pobres. Siempre hay algo -búsqueda de estima,
de éxito, de recompensa- que impide que despeguemos, seamos libres y felices.
Hay veces
en que nos sentimos tan seguros de nosotros mismos, tan capaces de organizarlo todo,
que perdemos la alegría que alguien nos ayude, que el obispo nos enseñe, que
Dios nos perdone. Uno es pobre de verdad cuando sabe aceptar sus límites y
reconocer su pecado.
Es el
caso de David: "devuélveme la alegría de tu salvación" (Sal 50,14).
c-
Pero hay un momento -también un medio privilegiado- en que el sacerdote experimenta
la alegría del amor de Dios y la fidelidad a su promesa: es la configuración
con Cristo Sacerdote por la cruz pascual. Cristo "se anonadó a sí mismo,
tomando la condición de servidor... Se humilló hasta aceptar por obediencia la
muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó..." (Flp 2,6-11).
El Misterio Pascual -muerte y resurrección,
cruz y esperanza- es esencial en la vida del sacerdote.
El sacerdote "es el hombre de la Pascua": la anuncia
en su predicación, la celebra en la Eucaristía, la transparenta y comunica en
su vida consagrada.
Tarde o temprano -más temprano que tarde- el Señor lo visita con
su cruz. Es un signo de que va bien, de que su vida se hace trasparencia de
Jesús y de que su ministerio se va haciendo cada vez más fecundo.
"Si el grano de trigo que cae en la
tierra no muere, queda solo; pero si muere da mucho fruto" (Jn 12,24). San
Pablo lo entendía bien cuando escribía: "Yo sólo me gloriaré en la cruz de
nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, como yo
lo estoy para el mundo" (Ga 6,14).
Es la
alegría de sentirse privilegiadamente amado por el Padre y llamado a participar
de un modo especial en la Pasión del Señor: "Me alegro de poder sufrir por
ustedes, y completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo,
para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia" (Col 1,24).
Por eso es absurdo pensar que hemos equivocado el camino cuando
nos visita la cruz. Es el único modo de vivir plenamente nuestro sacerdocio.
"Salve, oh Cruz, nuestra única esperanza", canta la Liturgia en el
tiempo de la Pasión; se trata ciertamente de la Cruz adorable de Jesucristo,
pero, en ella y desde ella, de nuestra propia cruz cotidiana.
Hay momentos
en que la cruz nos resulta particularmente pesada; ojalá que entonces no nos falte
la presencia espiritual de algún amigo. Lo necesitamos todos. Lo necesitó Jesús
cuando la Cruz se le hizo dolorosamente inminente: "Llevando con él a
Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse.
Entonces les dijo: `Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí,
velando conmigo'" (Mt 26,37-38).
Ojalá
encontremos siempre, en los momentos de soledad y sufrimiento, de crisis de fe
y de desaliento, una persona amiga (el Obispo, sobre todo, o algún hermano
sacerdote) que nos diga: "No tengas miedo; Dios es fiel".
La
cruz no hay que pedirla: es un don que el Señor nos regala el día mismo de
nuestra ordenación sacerdotal cuando nos llama sus amigos (cf. Jn 15,13-15).
Es un
don oculto y misterioso; hay que saberlo acoger con gratitud y alegría. Cuando
se hace más fuerte y evidente, es cuando se hace más íntima y reconfortante la
experiencia de la fidelidad de Dios; por eso es el momento de la alegría
profunda, serena, contagiosa.
Es el
momento en que el sacerdote es plenamente sacerdote.
Podemos estar llorando por fuera, serenos y alegres por dentro.
Suelo repetir que sólo tienen derecho a ser felices aquellos que, como María,
viven silenciosos al pie de la cruz; es decir, que la alegría verdadera echa
sus raíces en la contemplación y la cruz.
5. Conclusión
Quisiera
terminar con una invitación a la esperanza. La he predicado siempre en mi largo
ministerio sacerdotal.
Recuerdo que cuando prediqué mi Retiro en el Vaticano (1974),
Pablo
VI me recibió en Audiencia el último día y me agradeció que hubiese hablado
tanto de la Iglesia y del sacerdocio. "También hablé mucho sobre la
esperanza", le dije y me atreví a añadir: "Santo Padre, me pareció
que, así como usted nos tiene que confirmar a todos en la fe, yo tenía en estos
días la misión de confirmarle a Usted en la esperanza" (eran momentos
duros en la vida de Pablo VI, el Papa más marcado por la cruz en este siglo).
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Beato Pablo VI y el Cardenal Pironio |
Pablo
VI me miró con sus ojos profundos y luminosos y me dijo: "Y yo se lo
agradezco y lo recibo como que viene de mi misionero".
Si
hay algo que hoy necesita vivir, compartir y predicar el sacerdote es la esperanza.
La esperanza que hay en él (cf.1Pe 3,15).
El sacerdote es el hombre de la Pascua y su misión es construir
comunidades pascuales, profundamente animadas por el Espíritu de Pentecostés,
es decir, orantes, fraternas, misioneras.
¡Qué bien hace en la Iglesia un sacerdote que irradia serenidad
interior, alegría pascual y esperanza inconmovible!
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Cardenal Pironio en Cuba (ENEC 1986) |
Es la
esperanza que se apoya en la resurrección de Jesucristo y en la fidelidad del
Padre a sus promesas.
Por
eso escribe San Pedro: "Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que en su gran misericordia, nos hizo renacer, por la resurrección de
Jesucristo, a una esperanza viva" (1Pe 1,3)
Es la
experiencia de la fidelidad de Dios que celebra María en el Magnificat:
"como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su
descendencia para siempre" (Lc 1,55).
El
canto de María es la respuesta a la "bienaventuranza" de su prima Isabel:
"Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de
parte del Señor" (Lc 1,45), es decir "feliz por haber dicho que
sí".
Pero
María dijo que sí cuando tuvo la experiencia del amor de Dios y de la fidelidad
de su promesa: "¡Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo... No
temas, María, porque Dios te ha favorecido... No hay nada imposible para
Dios".
Fue, entonces, cuando María dijo: "Yo soy la servidora del Señor,
que se cumpla en mí lo que has dicho" (Lc 1,26-38). "Y la Palabra se
hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1,14), es decir el Hijo de Dios
asumió en las entrañas virginales de María la fragilidad de nuestra carne y
quedó consagrado por el Espíritu Santo, Sumo y Eterno Sacerdote.
"Y
nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad", es decir, "pródigo en amor y fidelidad"
(Ex 34,6).
Yo
termino aquí mis sencillos "apuntes" sobre "la alegría de la
fidelidad". Es la alegría de la fidelidad de Dios a sus promesas:
"Dios es fiel". Es la alegría, serena y honda, del sacerdote que ha
vivido siempre en la pobreza, la contemplación y la disponibilidad de María, la
humilde servidora del Señor.
En el
corazón de María -la pobre, la
contemplativa, la fiel- dejo a todos los sacerdotes que he conocido en mi vida
y en mi ministerio sacerdotal.
Por todos rezo y a todos repito: "No tengan miedo. Dios es
fiel", y no se cansen de proclamar con la vida y la palabra "la
alegría de la fidelidad"
+ EDUARDO CARDENAL PIRONIO (1994)
+ EDUARDO CARDENAL PIRONIO (1994)
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