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jueves, 30 de julio de 2015

Mons. Malfa sobre el Cardenal Pironio

VIDEO

Programa "Un Canto a la Vida" 
Pequeño Hogarcito Don Orione - Mar del Plata (07 de junio de 2015)

Entrevista a Monseñor Carlos Humberto Malfa, obispo de Chascomús y Secretario General de la Conferencia Episcopal Argentina. Secretario personal de Mons. Pironio (1972-74)


El secretario general de la CEA se refirió a temas como elecciones en Argentina, el Papa Francisco y su legado, sus vivencias trabajando con el Cardenal Pironio [MIN 18:00] y su cercanía con la Obra Don Orione.




sábado, 25 de julio de 2015

Bergoglio y Pironio

Entrevista al Cardenal 
Jorge Mario Bergoglio 
sobre el Cardenal Pironio

V Encuentro Nacional de Sacerdotes, Villa Cura Brochero, Córdoba, septiembre de 2008
   Ver  en este Blog "V Encuentro Nacional de Sacerdotes" 
[Ver Video al final de este post]



Cardenal Bergoglio - V Encuentro Nacional de Sacerdotes - 2008


Pastores - A este Encuentro Nacional de Sacerdotes  se acercaron más de 550 sacerdotes y 30 obispos. Representan 53 diócesis del país. Teniendo en cuenta esto, ¿qué reflexión hace usted de este Encuentro y esta convocatoria? 

Bergoglio:- Es una expresión evidente de la dimensión  comunional del presbiterado. Esto está en  Aparecida cuando dice “no hay cristiano sin comunidad”. O sea, no hay discípulo sin comunidad. La gracia nos viene a través de una comunidad (cfr. Ap 150-152). Encontrarnos nosotros, los que tenemos la misión del ministerio ordenado, es sentirnos comunidad y hacer comunidad. Es darnos cuenta que solos no somos cristianos. Y si no nos insertamos en la diócesis con los demás presbíteros, si no nos insertamos con el obispo y con los fieles de la diócesis, perdemos la dimensión comunional del presbiterado y terminamos siendo monadas, perdiendo la vivencia cristiana que es fundamentalmente comunional. 

P:- Éste Encuentro tiene así como figura convocante la de Mons. Pironio al cumplirse 10 años de su Pascua. Usted, ¿lo conoció personalmente? 

Sí, lo conocí mucho a Pironio desde que él era obispo auxiliar de la Plata (años 1964 a 1972). Yo en esa época era Provincial de los Jesuitas. Recuerdo que sufrió bastante la desconfianza 
y la calumnia. Cuando Pablo VI le pide que le predique los Ejercicios Espirituales en la Cuaresma de 1974, le cuestionaban al Papa haberlo elegido ya que Pironio era una persona de ideas progresistas. Pero después de escucharlo tuvieron que callarse. Aunque, igualmente, en Roma no fue comprendido, hablaban mal de él. Sintió lo que era la persecución de la calumnia. 



Es conocida la anécdota de una persona en Roma que a Pironio no lo quería. Hablaba mal de él ya que creía que estaba equivocado. 

Pero estando Pironio enfermo y antes de morirse, lo va a visitar sabiendo que había tenido esa falla de hermandad. Pironio, que estaba que no daba más de los dolores, cuando lo vio se le iluminaron los ojos y se sentó en la cama para darle un abrazo. 

Eso lo hace un santo. 
Él sabía todo lo que había dicho y hecho. Lo abrazó sabiendo que aquella persona no lo supo comprender y que incluso lo había calumniado. 







miércoles, 3 de diciembre de 2008

Reportaje al Padre Vérgez

V Encuentro Nacional de Sacerdotes 
Villa Cura Brochero - Córdoba - Argentina
Septiembre de 2008



"Fue el Cardenal el que me hizo descubrir la Iglesia"



Entrevista a FERNANDO VÉRGEZ L.C

Pastores: ¿Cuál es su impresión al ver la convocatoria de sacerdotes en este Encuentro? 


El Cardenal Pironio y el padre Vérgez en Friuli, Italia 
Confieso que estoy muy impactado por este Encuentro. Cuando Mons. Franzini me pidió mi testimonio de presentación sobre el cardenal Pironio, yo había pensado que iban a 
ser 100 ó 150 sacerdotes, que es el número al que estoy habituado en estos encuentros. Ya en Roma el P. José María Recondo me dijo que iban a ser muy numerosos, pero yo quedé medio extrañado del número que se me decía. 
Finalmente, llegando el otro día a Luján, Mons. Casaretto y otros me dijeron que serían unos 500. 

Me impactó y me causó preocupación, porque yo había preparado algo sencillo. 

Viendo tantos sacerdotes quizás tendría que haberme dedicado más explícitamente al testimonio sacerdotal del Cardenal. Sin embargo me impactó también el clima y el interés de los sacerdotes. Aunque mi ponencia, esta mañana, se limitó a narrar un poco la vida del Cardenal Pironio, cosas que quizás ya conocían, al terminar han venido muchos a agradecer mi exposición.

También me ha impactado fuertemente y sobre todo ver la fraternidad sacerdotal. Aquí veo sacerdotes prácticamente de todo el país. 

Y sobre todo sacerdotes ejerciendo diferentes ministerios: el párroco rural, el de la ciudad… y todos están buscando lo mismo, pues ciertamente, esto es la esperanza.
La esperanza que tanto hablaba el Cardenal y, al ver este Encuentro, la esperanza que da el ser testigo que, como decía el P. José María Recondo, “no somos un ejército en retirada”. 

Pastores: ¿Le sorprende la cercanía y el conocimiento de los sacerdotes con el Card. Pironio teniendo en cuenta que prácticamente los últimos 20 años de su vida no estuvo en Argentina? 


A mí me ha impactado mucho. Cuando he venido, incluso con él, a la Argentina me sorprendía ver como él seguía siendo querido y conocido y no sólo en el ámbito sacerdotal.


Cuando cumplió los 50 años de sacerdote y volvió a Mar del Plata, se hizo una fiesta 

en la Catedral. Me impactó ver la cantidad de gente que lo venía a saludar durante esos días. 
Muchos jóvenes que ni lo habían conocido, pero venían a saludarlo. Y todos hablaban de Pironio. 


Cardenal Eduardo Pironio - Denver - 1993
Hubo un hecho que recuerdo especialmente. 
El cardenal en esos días perdió la voz. Tuvimos que ver a un otorrinolaringólogo y en la sala de espera había una chica de 18 años. 
Se le acercó y le dijo: “Monseñor Pironio”, reconociéndolo. “Qué gusto verlo”. 
Y el Cardenal le dice: “¿Pero cómo sabes que soy yo?, ¿Cuántos años tienes?”. “Dieciocho”, contesta ella. 
Y sigue Pironio: “Yo hace 20 años que me fui de la diócesis…”. “Pero en mi casa mis padres siempre nos han hablado de usted”, fue la respuesta de la joven.

Lo mismo con sacerdotes jóvenes y otros que fueron sus alumnos. Siempre vi un contacto muy cercano hacia Monseñor, como todos lo llamaban. 
En la misma Roma, cuando pasaba un sacerdote que lo conocía venía a verle. 
O incluso sacerdotes argentinos que habían oído hablar de él y no lo conocían venían a saludarlo. 
Él me había dicho que si venía un sacerdote argentino lo dejara pasar, o que le avisara inmediatamente. 
Y él le dedicaba el tiempo que necesitara. No les ponía trabas, y si estaba ocupado en ese momento, arreglaba otro horario para recibirlos o pasear por los jardines del vaticano.

Y esto sigue siendo así. El otro día en Luján en una concelebración, me presentaron como el Secretario del Cardenal. Inmediatamente un diácono que lo había conocido esporádicamente vino a preguntarme sobre él.

Veo que la figura del cardenal sigue viva en los sacerdotes de Argentina y eso lo demuestra este Encuentro. Que tantos sacerdotes hayan venido aquí, a este Encuentro de formación sacerdotal, de espiritualidad sacerdotal, centrada en la figura del Cardenal Pironio, impacta y sorprende. Honestamente yo no creí que iba a haber tanta participación. 


Pastores: ¿En qué medida el ministerio sacerdotal del Cardenal Pironio marcó su sacerdocio? 

Sinceramente creo que lo que el Cardenal me transmitió mayormente, y diría más, fue el Cardenal el que me hizo descubrir la Iglesia. 

Yo venía de un contexto quizás muy centrado en mis propias necesidades, en las necesidades del Instituto y sin embargo con el Cardenal comencé a respirar una dimensión de Iglesia, novedosa para mí. Ya llevaba trabajando en el Vaticano tres años en la Congregación de Religiosos antes de que llegara el Cardenal, pero inmediatamente yo sentí un cambio radical. Y no solo hacia mi persona, sino también en el trabajo de la misma Congregación para los Religiosos.


Cardenal Pironio y Padre Fernando Vérgez

Él trataba de infundir un espíritu eclesial y no simplemente limitarnos a nuestras propias preocupaciones, a nuestros propios institutos religiosos, a nuestras propias tareas de cada día. Comenzó a difundir este espíritu eclesial que él lo sentía como una misión. En la primera audiencia de Pablo VI después del nombramiento como Prefecto de la Congregación le dijo: “Usted vino a Roma a predicarnos y nos infundió un espíritu de Iglesia, es lo que yo quiero que usted infunda en la vida consagrada”.

Y así comenzó, con este estilo. Su artículo “Reflexiones para un Capítulo General”, por ejemplo, no empieza mencionando la forma canónica, como era habitual, si se han hecho los escrutinios con los tiempos debidos, etc; sino habla del Capítulo como un acontecimiento particular de la propia persona que participa, un acontecimiento familiar de la familia religiosa y un acontecimiento de toda la comunidad eclesial, que lo acompaña con la oración. 
También me fue haciendo descubrir la Iglesia a través de los viajes que hacíamos. Yo, que era su secretario, debía ayudarlo a preparar alguna cosa y lo acompañaba en los viajes. Durante años fui secretario del Cardenal, pero nunca le escribí una homilía o conferencia, todo lo hacía él personalmente. 
Mi trabajo era más bien el de tomar lo escrito por él, pasarlo en la computadora y agregar las citaciones. Todo era escrito de puño y letra por el Cardenal. Las homilías eran simplemente un esquema y él las desarrollaba.

Ser testigo de todo eso, ver todos sus contactos y encuentros en asambleas nacionales e internacionales, todo eso fue despertando en mí la concepción de una Iglesia que va más allá del papel que tiene uno sobre en su escritorio en la oficina. Despertó en mí un espíritu que todavía hoy me anima, porque en este momento yo tengo un ministerio un poco árido. 


Antes estaba en el Pontificio Consejo para los Laicos, en los Congresos, en los Encuentros había un contacto con personas, desde hace cuatro años fuí nombrado Director de la Oficina de Internet de la Santa Sede, y ahora Director de las Telecomunicaciones. Mi tiempo se lo llevan, más bien, problemas técnicos. Muchas veces me pregunto, “¿que estoy haciendo acá? Lo que hago, lo podría hacer mejor un ingeniero”. Pero recuerdo la frase que me decía siempre el Cardenal: “Fernando, detrás de cada papel hay una persona, hay un alma”. 
Entonces yo sigo con éste espíritu sabiendo que lo que hago sirve para que otros puedan valerse de estos medios en la evangelización. 
Y esto, para mí, es la Iglesia. Todos prestamos nuestra pequeña colaboración. Realmente el cardenal a mi me ayudó a descubrir la Iglesia en toda su dimensión. 

Otro aspecto que recuerdo de él era su figura sacerdotal, su profundidad de oración, el tiempo que le dedicaba a la oración. Cuando él tenía un problema o, por ejemplo, tenía que preparar un Capítulo y decir algo, no se limitaba a lo que yo le podía entregar como las constituciones o la historia de la Congregación. 

Él no se ponía en su escritorio tranquilamente a leer, sino que se iba a la capilla a leer y meditar.

Se levantaba temprano -porque no dormía mucho- y lo primero que hacía era tomar unos mates. A dónde fuéramos teníamos que llevar el termo y el mate. 

Inmediatamente después, iba a la capilla, rezaba el oficio de lecturas y se quedaba un rato en meditación. Él solo con la Biblia en la mano. Toda la Biblia del Cardenal estaba llena de papelitos con anotaciones fruto de su reflexión. Por eso lo que el nos transmitía era lo que él había experimentado y rezado. 
No era lo que había aprendido en el estudio o en los libros. Sino lo que él verdaderamente había vivido. La profundidad de su oración es lo que yo, como sacerdote, más recuerdo del Cardenal y me impacta todavía hoy. 

Pastores: Esta experiencia suya de estar al lado del Cardenal durante 23 años, de seguir sus pasos, de verlo en su soledad y en su relación con la gente, lo ha convertido en un testigo privilegiado de su vida. Le pedimos que comparta con nosotros algún testimonio sacerdotal que particularmente le ha  impactado. 



El Padre Vérgez acompañado de Mons. Malfa 
V Encuentro Nacional de Sacerdotes

Hablando en general, sin referirme a casos concretos, me impactaba que cuando él estaba preocupado por un asunto, o por algún caso que tenía que estudiar para tomar una decisión, y no veía la solución, siempre el camino era ir a rezar a la capilla. Rezábamos el rosario en la gruta de Lourdes de los Jardines Vaticanos o también íbamos a hospitales a ver enfermos, o a la cárcel de menores, o al Cotolengo a ver gente y prestarles una sonrisa. Eso a él le traía tranquilidad y paz. Volvía y seguía estudiando el asunto. 


Por ejemplo, cuando murió Pablo VI, muchas personas pensaron que él podría ser el futuro Papa y así lo decían, incluso la prensa internacional lo afirmaba, comenzó el asedio de los periodistas e incluso algún Cardenal lo manifestó pública y privadamente, ante esto el Cardenal optó, inmediatamente terminadas las Congregaciones Generales del Colegio Cardenalicio que se tienen por la mañana, tomar el coche e ir a algún santuario cerca de Roma y allí pasar la tarde retirado en oración. A un compañero mío que me preguntaba ¿dónde estás?, le respondí que ya estaba yo cansado de decir rosarios, pero para el Cardenal esta era su manera habitual de actuar. 


Otra cosa que a mí me impresionó era su delicadeza de conciencia, que llegaba hasta los pequeños detalles de la vida ordinaria. 
Varias veces llegaba de mi casa (yo vivía en mi Comunidad) a las 6.45 para celebrar la Eucaristía a las 7. Y me decía “ven conmigo”. 
Me llevaba al despacho y pedía confesarse. No revelo secretos de confesión, pero el tema era que en la tarde anterior se había impacientado con el otro. 

Esta delicadeza la viví más fuertemente un día en Fátima. Era el Congreso de los Laicos de Portugal y él tenía la misa central del domingo con la cual se clausuraban las jornadas. 

Al mismo tiempo había un Congreso de Sacerdotes que también estaba presidiendo un cardenal de Roma y que se clausuraba en la misma eucaristía. Algunos sacerdotes vinieron a decirle que quien tenía que presidir era el Cardenal del Congreso sacerdotal ya que este era de carácter internacional y el de los laicos era nacional. El Cardenal Pironio dijo simplemente “díganme qué tengo que hacer y lo hago”. Pero en ese grupo de los sacerdotes había un obispo que le había hecho sufrir mucho a Pironio y que incluso, en esa ocasión, habló mal de él. Al saber esto el Cardenal, me dijo: “Fernando hazme un favor, búscalo yo no puedo celebrar si no me reconcilio con él.” 

Yo inmediatamente comencé a buscarlo en el hotel donde se alojaba, o en la casa de retiro donde se celebraba el Congreso, para llamarlo y decirle que el Cardenal quería hablar con él. 

Lamentablemente él ya se había ido a Lisboa, porque seguía viaje. Le avisé al Card. Pironio que se había ido y me dijo “mi conciencia esta tranquila, no tengo nada contra él, yo quise reconciliarme, si no he podido, Dios sabe por qué…” Y fue a celebrar la eucaristía.

Su misma vida personal de cada día fue un testimonio. Por ejemplo en el uso de las riquezas temporales, incluso del dinero. Es normal que en Navidad se hace un regalo a los porteros. En un sobre se les da dinero, como aguinaldo. 

El Cardenal siempre preguntaba cuánto había que darles. Yo le recomendaba una cantidad teniendo en cuenta que eran 8 personas. Y siempre me preguntaba: “¿No te parece que es demasiado poco?”. Yo le preparaba los sobres, llamaba a los muchachos y ellos al salir comentaban lo que les había regalado: era el doble de lo que yo le recomendé. Más tarde vino una religiosa, una Madre General a hablar con él. 
Y apenas terminada la audiencia me llama para decirme que había recibido de parte de ella una importante ofrenda. “¿Ves como eres tacaño? Para que aprendas, quien da recibe”.

Un preso de la cárcel de Roma le pedía una ayuda económica para que pudieran venir su esposa y sus hijas a pasar la Navidad con él, porque él no podía salir. Yo le decía que esta era una persona que le quería sacar dinero y que al menos hablara con el Capellán preguntándole por el caso. Y él me contestó: “Fernando a mí me han pedido en una necesidad, yo le doy, si me ha engañado él se arreglará con Dios, pero mi conciencia esta tranquila.” Esto era cotidiano, de todos los días. 



Monseñor Pironio y  su Santidad Pablo VI
También su amor por los sacerdotes. Recuerdo que él al final de su vida, cuando la enfermedad no le permitía moverse con libertad, sufría lo que él llamaba “la pastoral del no”, cuando ya se había comprometido a algo. Tener que decir no puedo, no me permiten, etc. 
Él se había comprometido, me parece con el entonces el encargado de la Comisión de Ministerios, Mons. Arancibia, a predicar una o dos tandas de retiros espirituales a los sacerdotes de todo el país. La enfermedad no se lo permitía. Buscó primero aplazar la fecha para estar mejor…, pero al final no pudo viajar. Y esto para él significó un gran sufrimiento. Por eso lo llamaba la “pastoral del no”.

El Señor lo probó muy fuertemente, sobre todo los últimos años de su vida. La metástasis de sus huesos se extendía y no podía caminar, ni leer. Una metástasis estaba ubicada en el occipital y por eso veía doble, en vertical y en horizontal. Y él se preguntaba “¿Qué estoy haciendo aquí? No puedo rezar, no puedo leer, no puedo ver, no puedo rezar ni el breviario…” 

Eso fue su gran sufrimiento. Pero lo llevó con gran dignidad, con fe y con gran esperanza.

Los últimos días nos hablaba a nosotros como si estuviera próxima su entrada al Cielo. Un día vino a verlo un amigo al que se le había muerto la abuelita hacía un mes. Y el cardenal le decía: “Renato, esta tarde veo a tu abuelita, ¿qué quieres que le diga?” Ya él presentía la presencia de Dios. 

Siguiendo con el tema de los sacerdotes, ¿es cierto que él hizo unos votos secretos, en algún momento de su vida, de estar cerca de los sacerdotes y de ayudarlos? 


Lo contó varias veces y también está escrito en un artículo sobre los 50 años de su sacerdocio. 

Es la promesa que le hace a San Pio X, de encomendar siempre a los sacerdotes y dedicar su vida a los sacerdotes, en cuanto su ministerio se lo permitiera. Creo que es algo que él traía siempre muy metido en su vida 
Fue formador de sacerdotes ya desde el seminario de Mercedes. Él se fue a estudiar a Roma en 1953 para terminar su ciclo de formación teológica. 
Pero antes de volver dedicó tres meses a visitar los grandes seminarios de Italia, de España, de Francia. Quería ver distintas realidades de formación para poderlas integrar aquí en Argentina. Y después es lo que trató de hacer en Villa Devoto. 

La promesa que le hizo a San Pio X es la de rezar siempre por los sacerdotes. 

Y esto lo vimos siempre en su vida. Un carisma sacerdotal muy presente. Por ejemplo cuando ayudó a una comunidad colombiana que había sido fundada por una Madre, pero que estaban revisando cuál era su tarea específica y su carisma. Cuando era secretario del CELAM, entró en contacto con ellas, las ayudó hasta el punto que se llaman Siervas de Cristo Sacerdote. 
Aquí en Argentina, en Mercedes, está el Instituto Secular Misioneras de Jesucristo Sacerdote, que lo consideran su fundador. 

Todos los primeros jueves de mes eran para rezar por las vocaciones. Él se pasaba largas horas frente al Santísimo. Sentía la necesidad de rezar por los sacerdotes y las vocaciones. 

Lo vemos también en sus escritos. A los jóvenes, también, les hablaba del sacerdocio en los foros internacionales 

Recuerdo su escrito sobre la alegría de ser sacerdote y sus deseos… “Cómo quisiera yo poder entregar la antorcha a los que vienen detrás y la alegría de la fidelidad, de decir que sí al Señor”. 


Pastores: ¿Cuál sería el mensaje del Cardenal Pironio hoy? 

Creo que el Cardenal no cambiaría su mensaje por ninguna circunstancia temporal. 

Creo que el mensaje que él trato de dejar no tiene época. Les insistiría a los sacerdotes que demostraran la alegría de seguir a Cristo. Demostrarlo con la vida y con la sola presencia, esto quiere decir no caer en el desaliento, no caer en el desanimo, no caer en la pereza espiritual, no caer en la soledad sacerdotal.

Él hablaba mucho de la soledad sacerdotal, no solo física como la del sacerdote que ejerce su ministerio en la montaña, en un pueblito, sino incluso de la soledad en medio de la ciudad. 

Creo que el mensaje no cambiaría. Que el sacerdote demuestre siempre la alegría de ser sacerdote y la transmitiera. Que el sacerdote sea presencia de Dios entre sus hermanos.

Estos son los dos puntos en el que el Cardenal insistía e insistiría hoy. Ser hombre de Dios, ser hombre de la Iglesia, y ser hombre de los hombres. Eso era lo que él sentía, y lo transmitía en todos los retiros que predicaba a los sacerdotes. Y se ve que desde un principio era algo que lo atraía teniendo en cuenta su lema episcopal: “Cristo entre nosotros, esperanza de la gloria.”



Para él, el sacerdote tenía que ser entre los hombres esperanza de la gloria. La esperanza sostenida en la presencia de Dios, a quien nos hemos consagrado y por lo tanto ser felices. Yo creo que este es el mensaje. 

* Fuente: Revista Pastores N° 43, diciembre de 2008

*  Ver AQUI el testimonio del Padre Végez en el V Encuentro Nacional de Sacerdotes


* En este Blog  "V Encuentro Nacional de Sacerdotes". Ver aqui 


Testimonio del padre Fernando Vérgez

V Encuentro Nacional de Sacerdotes 
Villa Cura Brochero, Córdoba, Argentina, Septiembre de 2008

Con motivo del 10° aniversario del fallecimiento del Cardenal Pironio la Conferencia Episcopal Argentina, desidió que el Encuentro Nacional de Clero estuviera dedicado a reflexionar a partir de la figura del  Card. Pironio y su testimonio sacerdotal. 
En esta primera entrega el trestimonio de su Secretario Privado, el P. Fernando Vergez, LC, y luego un reportaje con anécdotas inéditas. 

- Ver aqui el informe detallado del V Encuentro Nac. de Sacerdotes
- Entrevista al Padre Fernando Vérgez:  aqui
- Fuente: Revista Pastores n°43, diciembre de 2008. Disponible aqui 
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"Ha sido un líder espiritual que hizo escuela"


[Testimonio, Pbro . Fernando Vérgez, L.C. Director De las telecomunicaciones de la Santa Sede – Vaticano, durante 23 años secretario personal del Card. Pironio]


El Cardenal Pironio y su secretario Padre Fernando Vérgez Alzaga 


“Fue testigo de la fe valiente que sabe fiarse de Dios, incluso cuando, en los designios 
misteriosos de su Providencia, permite la prueba” “Sí, este venerado hermano nuestro 
creyó con fe inquebrantable en las promesas del Redentor” 
“Dio testimonio de su fe en la alegría: 
alegría de ser sacerdote y deseo constante de «transmitirla a los jóvenes de hoy,
 como mi mejor testamento y herencia”. 


(Juan Pablo II, Homilía 8 de febrero de 1998).


Así lo definía el Siervo de Dios Juan Pablo II en la homilía de las exequias en la Basílica 
de San Pedro el 8 de febrero de 1998, precisamente hace 10 años. 

Quiero agradecer a Mons. Franzini y a toda la Comisión de Ministerios de la Conferencia Episcopal por la iniciativa de tener este Encuentro Nacional Sacerdotal centrado en la figura y en la espiritualidad sacerdotal del Siervo de Dios Cardenal Eduardo Francisco Pironio en este año en que celebramos el 10º aniversario de su fallecimiento, o mejor como él solía decir de su entrada “en la alegría de mí Señor”, en la contemplación directa, “cara a cara”, de la Trinidad”. 

El Señor me concedió la gracia de poder convivir y colaborar con Él como secretario. 

Cada día que pasa mi convicción de su santidad de vida se afianza y es más profunda. 
Muchas cosas o detalles que en su momento me pasaban desapercibidas o no les dí importancia, hoy al reconsiderarlas veo claramente que eran muestras de su santidad y de la gracia con que Dios le iluminaba. El día de su fallecimiento, sentí profundamente que perdía un padre, un hermano y un amigo, pero cada día aumenta en mí la certeza de tener un gran intercesor ante el Padre. 
Es la seguridad de las últimas palabras con las que se despidió “Fernando, cualquier cosa que necesites, pídemela al cielo”. 

Me parece providencial el hecho de que el Proceso de Beatificación y Canonización  del Cardenal se realice en concomitancia con las Causas de tres Sumos Pontífices, Paolo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II, a los que él estaba unido por reverente e íntima amistad, y con los que colaboró directamente como Responsable de dos Dicasterios de la Curia romana. 

jueves, 20 de octubre de 2005

                                      
Pironio: presente en nuestros corazones 


OCTUBRE 2005


El 5 de febrero de 1998, el Cardenal Eduardo Francisco Pironio, partía a la Casa del Padre desde Roma, donde había vivido y trabajado los 23 últimos años de su vida.
 Ocho años después (2005) su presencia sencilla y profunda, alegre y esperanzadora se sigue sintiendo en la Ciudad Eterna.
Durante el año pasado se dieron los primeros pasos de la causa de beatificación en el Vicariato de Roma, con el aval y el pedido de la Conferencia Episcopal Argentina.
 En el mes de octubre se presentó públicamente el nacimiento de la “Asociación Cardenal Pironio” con el objetivo de acompañar el proceso iniciado, divulgando el testimonio de su vida y su espiritualidad, promoviendo un movimiento de oración y de intercesión entre los fieles de todo el mundo que han conocido su vida, sus obras, y hoy, dan testimonio de su santidad.

Esta tarde,  a pocos metros de la Plaza de San Pedro, muy cerca del corazón de la Iglesia, y en un lugar especialmente dedicado a la acogida de la juventud, el “Centro Internacional Juvenil San Lorenzo”, lo recordamos celebrando la Eucaristía.  Una celebración de acción de gracias al Señor por el regalo que el Cardenal Pironio ha sido y es para la Iglesia.
 Al finalizar la Eucaristía, mientras esperaba el colectivo para volver a casa, sorprendido por el viento y el frío que han traído nuevamente el invierno a Roma, se me ocurrió pensar cuánto hace falta la presencia cálida  y constructiva del Cardenal en estos tiempos eclesiales que nos tocan vivir.
 Me preguntaba. ¿Por qué hoy sigue siendo necesario el testimonio de su vida y su presencia motivadora e intercesora?...
 Mons. Renato Boccardo, actual secretario general del Governatorato de la Ciudad del Vaticano, que trabajó a su lado en el Pontificio Consejo para los laicos, y que hoy presidió la Eucaristía, nos decía hace unos meses en la presentación de la Asociación antes mencionada: “Podemos afirmar que el Cardenal Pironio es un mensaje. Se lo ha visto y se lo ha escuchado.  Ha pronunciado palabras verdaderas, palabras de un sabio, porque hablaba con el corazón y hablaba al corazón.  Ha sido un líder espiritual que ha hecho escuela. Con sus pensamientos y sus palabras ha sugerido un camino a los hombres y a las mujeres de hoy, un camino que sirve para laicos y religiosos, para obispos y sacerdotes, para jóvenes y adultos.  Sin este camino cristiano, y no es necesario agregar otros adjetivos, muchos de nosotros no seríamos lo que somos.”[1]
 El P. José Maria Arnaiz, marianista, hasta hace un par de meses Secretario General de la Unión de Superiores Generales, que conoció de cerca al Cardenal y recibió el don de su amistad, ha escrito  recientemente: “El Cardenal Eduardo Pironio fue una visita de Dios para muchas personas y para no pocas comunidades cristianas y religiosas.  Esa visita se transformó en un momento salvífico. Entró en la casa de muchas vidas.  En ellas dejó lo que más tenía: esperanza, alegría, la presencia de María, la fecundidad de la cruz, la fuerza trasformadora de la Pascua, el amor fiel a la Iglesia”.[2]

 El Cardenal Pironio sigue presente Con su sonrisa nos sigue trasmitiendo la alegría de la buena noticia del Reino de Jesús. Y nos llama a ser testigos de la esperanza en el mundo de hoy, especialmente para los más pobres que siempre estuvieron presentes en su corazón.
 Termino este compartir, con la “oración oficial” presentada por la Postulación de la Causa de Beatificación, y que sintetiza claramente su vida,  y la invitación que su memoria hace a nuestras propias vidas:
 Dios, Padre nuestro, que has llamado a tu siervo Eduardo Francisco Pironio a servir a tu Iglesia como sacerdote y obispo confortado por la materna solicitud de la Virgen María, y lo has hecho alegre anunciador de la esperanza y de la cruz, concédenos que siguiendo su ejemplo podamos proclamar y testimoniar nuestra fe con un corazón misericordioso y acogedor y, por su intercesión, danos la gracia que confiadamente te pedimos.
Por Cristo nuestro Señor.  Amén.
 ________________________________________
*Religioso marianista, argentino.
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[1] La traducción hecha por el autor del artículo, el documento completo se puede encontrar en italiano en: [www.azionecattolica.it/FIAC/testimoni/figure_significative/Pironio/inaugurazione]
 [2] Revista Vida Religiosa, enero 2006, p.16.

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VER EL DISCURSO COMPLETO DE MONS. BOCCARDO EN ESPAÑOL O ITALIANO


miércoles, 19 de octubre de 2005

ASOCIACIÓN CARDENAL PIRONIO

ASOCIACIÓN CARDENAL EDUARDO F. PIRONIO  


La sección inaugural fue el 18 de octubre de 2005 (18hs) en Roma (Instituto “Hermanas de María Niña” – Via Paolo 5) El saludo inaugural estuvo a cargo del P. Josè Maria Arnaiz sm, dirijió unas palabras el postulador de la causa P. Giuseppe Tamburrino OSB, también brindó su testimonio el Cardenal Jorge Mario Bergoglio. 
Lo que sigue es una traduccion del italiano de la exposicion principal  a cargo de Monseñor Renato Boccardo colaborador del Cardenal Pironio para las JMJ.

RECUERDO DEL CARDENAL PIRONIO

INTERVENCIÓN DE MONSEÑOR RENATO BOCCARDO 

(Secretario general del Gobernatorato de la Ciudad del Vaticano)


WYD MANILA: Juan Pablo II (centro) , Cardenal Pironio (izquierda) , Mons. Renato Boccardo (derecha)

  • [ Esta Traducción es de mi autoria, el documento original en italiano aqui


"Dio testimonio de su fe en la alegría: la alegría de ser sacerdote y constante deseo de comunicar a los jóvenes de hoy" 

Juan Pablo II, 07 de febrero 1998, homilía funeral del cardenal Eduardo Pironio.


Visto de una manera más sencilla e inmediata, el cardenal Pironio es un amigo leal que nos dejó cuando muchos gustábamos de su amistad y hoy tenemos gran necesidad de él.

Nos queda ahora rezar por él., como pidió en su testamento y hacer memoria de él, como hacemos este día. Me siento particularmente honrado y agradecido por la invitación de poder compartir con ustedes el recuerdo,  el reconocimiento, gratitud  y el afecto por nuestro cardenal.

Cuántos lo vimos morir dijimos: este hombre es uno de los que han aprendido de la vida el buen morir y por lo tanto nos deja con la creencia íntima y fuerte que continuará viviendo. Con esta certeza de la fe y la esperanza transcurrió los últimos diez días de su existencia.

Cuando el Papa lo llamó por teléfono - era Lunes, 02 de febrero 1998 - dijo:
"Santo Padre, me voy al cielo. Nos veremos en el cielo. Desde allí continuaré ayudándolo en el servicio de la Iglesia. Voy a seguir rezando por usted. Gracias por la confianza que me dio. Perdóneme  si yo no siempre he sido capaz de responder a sus expectativas. Renuevo mi lealtad".

No me olvidaré unos de sus últimas recomendaciones: Lo que sea que necesites, me lo pedís cuando este en el cielo. Además de tener un gran amigo, estamos seguros de que ahora tenemos un poderoso intercesor.

El cardenal Pironio fue para muchos creyentes la presencia del Señor, el evangelio de la transparencia, la acción luminosa del Espíritu. Ha hecho el bien, y la voluntad ha hecho su vida fecunda. Su presencia siempre fue acompañada por una gran cordialidad y sencillez.

Él despertó simpatía y comunión espontánea; transmitía  paz y alegría; la palabra impregnada de fortaleza y esperanza.  Volver a él a los ojos y el recuerdo significa aceptar el reto de estar presente en la sociedad y en la Iglesia. Se trata de hacerlo mirada serena y escucha atenta, comunicativa y humilde. Como lo hizo él  que supo estar en el centro sin ser el centro.

Un capítulo muy especial y rico del cardenal Pironio lo escribió en el Consejo Pontificio para los Laicos con las Jornadas Mundiales de la Juventud. Nacidas de la intuición profética y un gran amor por  los jóvenes de  Juan Pablo II, estas reuniones se han encontrado en cardenal un partidario convencido y un artífice sabio: él  recibió la jornada en su inicio en Roma en 1984, llegando a ser un peregrino incansable con el Papa y con los jóvenes en las carreteras del mundo, los acompañó con ternura y amor hasta el año 1996, la víspera de su duodécimo año en París.

Y cada vez, con la palabra y la presencia constante, discreta, sonriente y paterna, que marcó un paso adelante, un cambio en el sentir, una perspectiva diferente sobre la que reflexionar , una  semilla nueva que el cardenal puso con suavidad y confianza en el terreno fértil de edad verde.

En 1997, en la Jornada Mundial de París él  no estaba allí físicamente. Pero aquella muralla de brazos y esos pañuelos ondeando sin fin en el Hipódromo de Longchamp y esa  cadena humana verso la Torre Eiffel  con Juan Pablo II como anillo central  son imágenes que permanecen vivos en nuestra memoria. Todo eso era obra suya, era el fruto de su trabajo, el resultado de 12 años de intensa actividad.

Era extraordinario el vínculo que Pironio pudo establecer con los jóvenes. Con la autoridad que se distinguía en su aspecto, podría haber resultado poco creíble a los ojos de los jóvenes que lo tenían de compañero de viaje. Pironio había experimentado muchas cosas y había visto mucho. Había explorado el alma de  los hombres, escuchado sus inquietudes, había confrontado esas experiencias con las propias y  los comprendía.

Durante los Forum Internacional de Jóvenes y la Jornada mundial de la Juventud era habitual encontrarlo en medio del grupo de jóvenes en jeans y remera, con la acreditación colgada del cuello y la mochila en la espalda; él en cambio con su habito oscuro y la cruz pectoral, pero todos completamente a gusto.
Y, a pesar de que no hablaba “su” idioma, su comunicación con los jóvenes fue inmediata, profunda y riquísima en contenido. Se " entendieron", sin necesidad de intérpretes. 

Juan Pablo II y el Cardenal Pironio. Aula Pablo VI (1995)


El  cardenal de los jóvenes había aprendido lo que sus  amigos con decenas de años de menos, le pedían al mundo de los adultos y  a la Iglesia:

"Estos jóvenes no tienen miedo de trabajo duro, el sufrimiento y la cruz. Tienen miedo de la mediocridad, la indiferencia, la vergüenza ", dijo Pironio frente al Papa en Loreto, en la llanura de Montorso, 9 de septiembre de 1995.

No es una coincidencia que una de las primeras cosas que me dijo cuando llegué a la Pontificio Consejo para los Laicos fue: Nosotros acá no tenemos que ser bomberos, sino arquitectos. Es decir: no tenemos que adormecer, apagar, nivelar, normalizar; hace falta construir, incluso con peligro de arriesgar  y - como se dice - pagar en persona.

Cuando, en el otoño de 1996, el cardenal Pironio dejó la presidencia del Consejo Pontificio para los Laicos por haber alcanzado la edad de jubilación, la revista "I Care" de la Fundación Juventud Iglesia Esperanza publicó una carta que los jovene sdedicaron a Pironio

martes, 18 de octubre de 2005

Associazione Cardinale Eduardo F. Pironio. Seduta inaugurale

Associazione Cardinale Eduardo F. Pironio 

– Seduta  inaugurale 

– 18  ottobre 2005 - ore 18.30 
– Roma, Istituto Suore di Maria Bambina, Via Paolo VI, 5. 

Saluto 

P. Josè Maria Arnaiz sm

Intervento del postulatore della causa
P. Giuseppe Tamburrino osb 

Ricordo del cardinale Pironio
Intervento di S.E. Mons. Renato Boccardo
Segretario generale del Governatorato della Città del Vaticano

Presentazione dell'Associazione
Maria Grazia Tibaldi

Testimonianza di Sua Eminenza il Card. Jorge Bergoglio sj
Arcivescovo di Buenos Aires, Vicepresidente della Conferenza Episcopale Argentina, parte attrice della causa


IL  CARDINALE  EDUARDO  FRANCISCO  PIRONIO


Intervento di S.E. Mons. Renato Boccardo
Segretario generale del Governatorato della Città del Vaticano



«Ha testimoniato la sua fede nella gioia: gioia di essere sacerdote e desiderio costante di comunicarla ai giovani d'oggi», ha detto Giovanni Paolo II il 7 febbraio 1998, nell'omelia del funerale del Cardinale Eduardo Francisco Pironio.

GMG MANILA: Giovanni Paolo II insieme all Cardinale Pironio e Mons Boccardo

Visto da una prospettiva più semplice e immediata, il Cardinale Pironio è un amico fedele che ci ha lasciato quando ancora in molti cercavamo la sua amicizia e avevamo grande bisogno di lui. Ci rimane ora di pregare per lui, come ci ha domandato nel suo Testamento, e di “fare memoria” di lui, come facciamo questa sera. Ed io mi sento particolarmente onorato - e ringrazio per l’invito - di poter condividere con voi il ricordo, la riconoscenza e l’affetto per il nostro Cardinale.
Quanti lo abbiamo visto morire ci siamo detti: quest'uomo è di quelli che hanno imparato dalla vita a morire bene e perciò ci lascia con la intima e forte convinzione che continuerà a vivere. Con tale certezza di fede e speranza trascorse, in particolare, gli ultimi dieci giorni della sua esistenza. Quando il Papa lo chiamò al telefono - era il lunedì 2 febbraio 1998 - disse: «Santo Padre, vado in cielo. Ci vedremo in cielo. Da lassù continuerò ad aiutarLa nel servizio della Chiesa. Continuerò a pregare per Lei. Grazie per la fiducia che mi ha dato. Mi perdoni se non sempre ho saputo rispondere alle Sue attese. Le rinnovo la mia fedeltà». Non dimenticheremo uno dei suoi ultimi inviti: «Qualunque cosa abbiate bisogno, domandatemela in cielo». Oltre ad un grande amico, siamo certi di possedere ora anche un potente intercessore.
Il Cardinale Pironio è stato per molti credenti presenza del Signore, trasparenza di vangelo, azione luminosa dello Spirito. Ha compiuto il bene, e la bontà ha reso feconda la sua vita. La sua presenza è stata sempre accompagnata da grande cordialità e semplicità. Ha suscitato simpatia e spontanea comunione; trasmetteva pace e gioia; con la parola infondeva forza e speranza. Volgere a lui lo sguardo e il ricordo significa accogliere la sfida ad essere presenti nella società e nella Chiesa. Si tratta di farlo con occhio sereno e con ascolto attento, comunicativo e umile. Come ha fatto lui, che ha saputo stare nel centro senza essere al centro.

                                                                        * * *
Un capitolo tutto particolare e ricchissimo il Card. Pironio lo scrisse al Pontificio Consiglio per i Laici con le Giornate Mondiali della Gioventù. Nati dall’intuizione profetica e dal grande amore per i giovani di Giovanni Paolo II, questi Incontri hanno trovato nel Cardinale il sostenitore convinto e l'artefice sapiente: li ha ricevuti nel loro nascere a Roma nel 1984 e, facendosi pellegrino instancabile con il Papa e con i giovani sulle strade del mondo, li ha accompagnati con tenerezza e amore fino al 1996, vigilia della loro dodicesima edizione a Parigi.

E ogni volta, con la parola e la presenza assidua, discreta, sorridente e paterna, marcava un passo in avanti, un cambiamento nel sentire, una prospettiva diversa su cui riflettere, un seme nuovo, che deponeva con delicatezza e fiducia nelle fertile terra della verde età. Nel 1997, alla Giornata Mondiale di Parigi lui non c'era, fisicamente. Ma quella muraglia di braccia, quello sventolio infinito di fazzoletti nell'ippodromo di Longchamp, quella catena umana sotto la torre Eiffel con anello centrale lo stesso Giovanni Paolo II - immagini che permangono vivissime nella nostra memoria -, erano ancora opera sua, il frutto di 12 anni di intensa attività.

Straordinario il legame che Pironio riusciva a stabilire con i giovani. Con i suoi capelli bianchi, con quell'autorevolezza che si avvertiva distinta al suo cospetto, riusciva ad essere "credibile" ai loro occhi come compagno di viaggio. Aveva molto vissuto e molto visto. Aveva esplorato l'animo degli uomini, ascoltato le loro inquietudini, le aveva confrontate con le proprie e ne aveva offerto l'elemento di comprensione.

Durante i Forum Internazionali dei Giovani e le Giornate Mondiali della Gioventù era abituale ritrovarlo in mezzo ai gruppi di ragazzi in jeans e maglietta, con al collo i cartellini per gli accrediti e gli zainetti in spalla, lui con l'abito scuro e la croce pettorale, del tutto a suo agio. E, anche se non parlava le lingue, la sua comunicazione con i giovani era immediata, profonda e ricchissima di contenuti. 

Tra loro "si capivano" al volo, senza bisogno di interpreti. Il "Cardinale dei giovani" aveva colto ciò che i suoi "amici scanzonati" e con decine d'anni di meno chiedevano al mondo, agli adulti, alla Chiesa: 

«Questi giovani non hanno paura della fatica, della sofferenza, della croce. Hanno paura della mediocrità, dell'indifferenza, del peccato», aveva scandito davanti al Papa a Loreto, nella piana di Montorso, il 9 settembre 1995. 

E non è certamente un caso se una delle prime cose che mi disse al mio arrivo al Pontificio Consiglio per i Laici fu: «Qui non dobbiamo essere pompieri, ma architetti»; cioè: non bisogna assopire, spegnere, livellare, normalizzare; bisogna costruire, anche a costo di rischiare e - come si dice - pagare di persona.

Giovanni Paolo II e Card Pironio (Aula Paolo VI, 1995)


Quando, nell’autunno del 1996, il Cardinale Pironio lasciò la Presidenza del Pontificio Consiglio per i Laici per raggiunti limiti di età, la rivista «I care» della Fondazione Gioventù Chiesa Speranza pubblicò una lettera che i giovani gli indirizzarono. Mi piace riprenderne qui qualche passaggio:

«Caro Cardinale, ci hai accompagnato in tutti questi anni con sapienza e amore, hai parlato ai nostri cuori e alle nostre intelligenze, hai seguito il nostro cammino con sensibilità, sollecitudine e attenzione. E sei diventato così, naturalmente, il Cardinale dei giovani...
La tua presenza vigile, il tuo prendere a cuore le nostre speranze e le nostre attese ti hanno fatto diventare colui che con la parola e la testimonianza ha saputo accogliere e seguire tanti e tanti di noi nella ricerca del senso profondo della vita e della fede. La tua caratteristica è stata sempre, come l'agricoltore, l'arte del seminare e la pazienza dell'aspettare. Ci hai dato fiducia, ci hai sostenuto nei momenti difficili, ci hai parlato della gioia e della speranza, ci hai insegnato ad amare la Chiesa "mistero di comunione missionaria", stabilendo vincoli di interiore rapporto che nulla potrà troncare o cambiare. E, soprattutto e prima di tutto, ci hai voluto bene. E noi lo abbiamo sempre sentito.
Nei Forum Internazionali e nelle Giornate Mondiali di Buenos Aires, Santiago di Compostela, Czestochowa, Denver e Manila, e poi ancora a Roma e a Loreto, ci hai guidato lungo la strada che porta a Cristo, accogliendo ciascuno di noi come il primo e l'unico, incoraggiandolo a proseguire il cammino, offrendogli il tuo consiglio e la tua lunga esperienza di padre e maestro, di amico e fratello ...
E con te, ne siamo certi, abbiamo potuto portare avanti per un piccolo tratto, non inerte, non inglorioso, non infecondo, la costruzione della “civiltà dell'amore”.
Ti ringraziamo, caro Cardinale, per il bene che ci hai voluto, per la "paternità" che ci hai manifestato, per la speranza che hai riposto in noi...».
                                              
                                                                        * * *

Con il Cardinale Pironio si entrava facilmente in confidenza. In generale, a causa della sua carica umana, non aveva problemi con la gente. Però qualcuno con lui, sì. A Mar del Plata fu anche vittima della violenza e non gli mancarono minacce di morte per la chiarezza delle sue prese di posizione in favore dei diritti umani. Anche a Roma l'incomprensione di alcuni gli fece molto male. Non sempre e non tutti lo capirono. Così, se da una parte proprio per il suo stile ed il suo servizio è stato amato e il suo consiglio era ricercato e seguito con fiducia, per questo stile e questo servizio altresì ha sofferto. Ma sempre con mitezza, portando il peso nella solitudine e nel silenzio, senza mai diminuire la dedizione e l’intensità dell’impegno. Nel suo Testamento scrive: «Desidero morire tranquillo e sereno: perdonato dalla misericordia del Padre, dalla bontà materna della Chiesa e dall'affetto e comprensione dei miei fratelli. Non ho nemici, grazie a Dio, né provo rancore o invidia per nessuno. A tutti chiedo che mi perdonino e preghino per la mia anima».

Oggi, mentre si apre il processo canonico per la sua Canonizzazione - e siamo tutti particolarmente grati alla Conferenza Episcopale argentina per averne presa l’iniziativa -, possiamo affermare che il Cardinale Pironio è un messaggio. Lo si è guardato e lo si è ascoltato. Ha pronunciato parole vere, parole di un saggio, perché parlava con il cuore e parlava al cuore. È stato un leader spirituale che ha fatto scuola. Con i suoi pensieri e le sue parole ha suggerito un cammino agli uomini e alle donne di oggi, un cammino che serve per laici e religiosi, per vescovi e sacerdoti, per giovani e adulti. Senza questo cammino cristiano, e non è necessario aggiungervi altri aggettivi, molti di noi non saremmo quello che siamo. Esso è raccolto in almeno 30 libri pubblicati; si trova espresso nelle moltissime conferenze, omelie e ritiri spirituali da lui predicati. Aveva vissuto, riflettuto, formulato questo cammino, e lo presentava ogni volta che ne aveva l'occasione. Era sua abitudine ordinare le verità e gli avvenimenti e soprattutto il pensiero e l'amore. Così come era sua tradizione e-sporre idee e riflessioni suddividendole in tre punti. Il suo Testamento è pieno di queste "terne", come quando parla della vita: «la amo, la offro, la attendo»; nel suo modo di comunicare, da una parte apriva nuovi orizzonti e dall'altra presentava proposte concrete; ritornava sugli stessi punti ed ogni volta andava più a fondo.

Direi che “l’uomo del Magnificat” è il tipo di persona che il Cardinale ha voluto incarnare: il credente capace di dire il Magnificat, vero preludio del discorso della montagna. «Magnificat» è quasi il ritornello della sua vita; è la parola che ripete nel Testamento ben tredici volte. Gli esce da dentro, piena di gratitudine, di gioia e di misericordia; parola di dolore, di tenerezza e di speranza: «Magnificat! La mia vita sacerdotale è stata sempre caratterizzata da tre grandi amori e presenze: il Padre, Maria Santissima, la Croce». E io credo di non sbagliare se a questi tre amori ne aggiungo un quarto: la Chiesa. In essi, che erano le sue realtà preferite, aveva posto il suo cuore.

Aspettava con ansia la celebrazione dell'anno del Padre nel triduo del Giubileo. Quando, nel 1996, si dovette sottoporre all’approvazione del Papa la proposta per il tema della Giornata Mondiale della Gioventù 1999, il Cardinale volle che fosse: «Il Padre vi ama» (Gv 16,27). La sua vita spirituale è un dialogo con il Padre che spesso raggiunge il misticismo, sempre filiale e fidente. Utilizza le parole di Gesù per indicare i tre periodi della sua esistenza: «Sono uscito dal Padre e sono venuto al mondo, ora lascio il mondo e vado al Padre» (Testamento). Dal Padre imparò la paternità che manifestò nel ministero sacerdotale ed episcopale: «Ho desiderato essere padre, fratello e amico» (ib.).

La Madre del Signore fu compagnia ed ispirazione per la sua vita: «Magnificat! Ringrazio il Signore perché mi ha fatto capire il mistero di Maria nel mistero di Gesù e perché la Vergine è stata sempre presente nella mia vita personale e nel mio ministero. Debbo tutto a Lei. Confesso che debbo a Lei la fecondità della mia parola. E che le grandi date della mia vita - di croce e di gioia - sono sempre state ricorrenze mariane» (ib.). Per lui, Maria era soprattutto «la Vergine povera, contemplativa e fedele» (ib.). Il 2 febbraio 1998, tre giorni prima di morire, in piena lucidità prese congedo da quanti erano attorno a lui e salutò la Vergine “Nostra Signora della Speranza, Nostra Signora della Luce”, dicendo che la sentiva particolarmente vicina. Ancora l'ultimo giorno poté recitare la Salve Regina, pronunciando con particolare intensità le parole: «Mostraci, dopo questo esilio, Gesù, il frutto benedetto del tuo seno».

Era affascinato dalla croce, dalla sofferenza e dal dolore. E nello stesso tempo ha goduto la vita, che ha sempre considerato buona e bella: «Magnificat! Ti rendo grazie, Padre, per il dono della vita. Quant'è bello vivere! Tu ci hai fatto, Signore, per la Vita. La amo, la offro, la attendo. Tu sei la Vita, come sei sempre stato la mia Verità e la mia Via» (ib.)
Si ribellava contro la malattia che gli toglieva le forze, la possibilità di leggere, di scrivere, di camminare. Per questo domandava con tanta fiducia al suo buon amico Paolo VI un miracolo che facesse scomparire il tumore. 

Giunse poi il momento anche per accettare la morte ormai prossima: «Magnificat! Rendo grazie al Signore per il privilegio della sua croce. Mi sento felice di aver sofferto molto. Mi dispiace solo di non aver sofferto bene e di non aver assaporato sempre in silenzio la mia croce. Desidero che, almeno adesso, essa cominci ad essere luminosa e feconda» (ib.).

Il Cardinale Pironio amò appassionatamente la Chiesa, popolo di Dio, mistero di comunione missionaria, come abitualmente la definiva. Diede la sua vita, e lavorò intensamente per una Chiesa “pellegrina, povera e pasquale”, una Chiesa della gioia e della speranza, solidale con le tristezze e le sofferenze degli uomini, come la scoprì fin dal Concilio, una Chiesa madre che, come tale, insegna. È stato presente nel cuore della Chiesa con la sua santità personale, il suo ministero, il suo prestigio. In un mondo sempre più chiuso dall'egoismo e dalla violenza che nasce dall'odio, la Chiesa - diceva - è chiamata a dare testimonianza dell'amore e ad educare nuovamente gli uomini all’amore.

                                                                        * * *



Il nostro Cardinale, come ogni credente, è stato giudicato sull’amore. Avrà rivisto le lacrime che ha dovuto asciugare, il pane che ha dato a chi aveva fame, le visite che fece a chi si trovava prigioniero, le ferite che dovette medicare e curare, la compagnia che offrì a chi era solo o ammalato, i religiosi e le religiose che accompagnò in un cammino di aggiornamento conciliare, i giovani con cui condivise momenti esaltanti, i gruppi che riconciliò, il perdono che chiese con umiltà ...

Ci consola e conforta pensare che in quel momento avrà rivisto, con sguardo e cuore di padre, anche noi che lo abbiamo conosciuto e siamo qui questa sera, a benedirne la memoria e a trarre dalla sua vita insegnamento ed esempio per la nostra vita. Noi, che ripetiamo convinti quanto scrisse di lui frère Roger di Taizé: «Con il dono della sua vita, il Cardinale rifletteva l'immagine di una Chiesa che nei piccoli dettagli si rende accogliente, vicina alla sofferenza degli uomini, presente nella storia e attenta ai più poveri. Era cosciente di questa grande verità di fede: quanto più ci avviciniamo alla gioia e alla semplicità evangeliche, tanto più riusciamo a trasmettere le certezze che ci vengono dalla fede... Pironio, uomo di Dio, irradiava la santità di Dio nella Chiesa».


Che la luce di questa santità, riflessa sul volto e nella vita di testimoni come il Cardinal Pironio, continui a risplendere e ad illuminare il nostro cammino. Se Dio vorrà, in un giorno che speriamo non lontano, anche con la conferma ufficiale della Chiesa, che ci permetterà di guardare ed invocare il nostro Cardinale con il titolo di Beato.

+ Renato Boccardo
Roma, 18 ottobre 2005
Seduta inaugurale della “Associazione Cardinal Pironio”


* * *

Eduardo Francisco Pironio nacque il 3 dicembre 1920 a Nueve de Julio (Argentina, provincia di Buenos Aires). Nel 1943, appena ordinato sacerdote, fu designato professore di teologia nel Seminario della diocesi di Mercedes, della quale divenne nel 1958 Vicario Generale. Due anni dopo fu nominato Rettore del Seminario Maggiore di Buenos Aires, che accoglieva 450 seminaristi; nel 1964 Vescovo Ausiliare di La Plata e nel 1967 Amministratore Apostolico di Avellaneda; dal 1972 fu Vescovo di Mar del Plata. Intanto, aveva partecipato al Concilio Ecumenico Vaticano II, come "perito" nella seconda e come Vescovo nella terza e quarta sessione. Nel 1968 fu eletto Segretario Generale del CELAM e nel 1972 ne assunse la presidenza: l'America Latina divenne la sua patria.

Nel 1974 Papa Paolo VI lo chiama a predicare gli Esercizi Spirituali alla Curia Romana e alla fine del medesimo anno lo nomina Pro-Prefetto della Congregazione per i Religiosi e gli Istituti Secolari. Iniziò così una lunga consuetudine con Papa Montini, che nel 1976 lo creerà Cardinale Prete del titolo dei Santi Cosma e Damiano: «Posso dire di essere stato amico di Paolo VI. Con lui ho imparato ad amare la Chiesa, a soffrire per la Chiesa».

Da Roma, la sua influenza cresce. Il Cardinale partecipa instancabilmente a riunioni e Assemblee di religiosi, a Capitoli Generali, visita numerosissime comunità e Centri di studio in ogni parte del mondo. È il tempo in cui si lavora al rinnovamento delle Regole e Costituzioni di quasi tutti gli Istituti di vita consacrata, operazione accompagnata, come è naturale, da tante tensioni. La maggior parte di questi documenti porta la firma di Pironio: forse proprio per questo motivo fu accusato allora, anche presso il Papa, di "distruggere" la vita religiosa.
Nel 1984, il 9 aprile, Giovanni Paolo II lo nomina Presidente del Pontificio Consiglio per i Laici, dove rimarrà fino al 20 agosto 1996: «In quel momento mi sembrava, come sembrava a molti - dirà il Cardinale nel 1995 - di essere stato retrocesso ad un incarico di serie B. Invece ho scoperto di essere stato promosso allo stato laicale. I laici infatti formano la maggioranza del popolo di Dio. E poi il Papa dandomi questo nuovo incarico mi ha invitato a continuare quanto già avevo fatto nella Congregazione per i Religiosi. In questo Pontificio Consiglio ho potuto lavorare affinché i grandi movimenti ecclesiali, che sono un vero dono di Dio e una grazia dello Spirito Santo, possano armoniosamente inserirsi e si sentano accolti nella vita delle Chiese locali. Sono contento poi di finire lì il mio servizio alla Chiesa: un lavoro a contatto con i laici, proprio come quando ho iniziato il mio ministero, tanti anni fa». Lo stesso Pontefice lo promuoverà all’ordine dei Cardinali Vescovi, assegnandogli il titolo della Chiesa Suburbicaria di Sabina-Poggio Mirteto l’11 luglio 1995.

Il tumore che lo minava dal 1984 (quando gli fu diagnosticato dai medici di Bologna, disse al Segretario, serenamente: «È salito a bordo il pilota che mi condurrà in porto») e che era rimasto fino ad allora relativamente quieto, si scatenò nuovamente verso la fine del 1996. Probabilmente, anche il modo in cui gli fu comunicata e le circostanze "esterne" in cui avvenne la sua partenza dal Consiglio per i Laici contribuirono al risvegliarsi del male.

L’ultimo periodo della sua vita non ha segnato comunque un arretramento nell'impegno, nella sollecitudine pastorale e amicale. Nel messaggio ai «cari giovani, amici miei», contenuto nella lettera di congedo, datata 27 dicembre 1996, entra in campo un'altra parola-chiave, che non è mai mancata ma che in questa occasione assume una connotazione di rilievo: pregare. Lui che aveva guidato “eserciti” in festa di ragazzi nel mondo, scrive: «Adesso il Signore mi chiede altre cose. Vuole che continui ad accompagnarvi come padre, fratello, amico. Ma in modo diverso. Con il silenzio della preghiera e la sincerità del mio affetto». Il Cardinale lo sa: la preghiera è presenza, pregare è costruire, è tessere ancora la trama di una storia, di rapporti che non finiranno. L'ultima lezione di un grande prete.
Furono mesi di intensa sofferenza, nei quali il Cardinale - sempre con il sorriso sulle labbra e con profonda, serena saggezza - completava nella sua carne quello che manca alle sofferenze di Cristo (cf Col 1,24). Fino al 5 febbraio 1998 quando, servo buono e fedele, entrava nella gioia del suo Signore.


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SOURCE:   FIACIFCA 
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